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Tratamiento del agua en calderas y circuitos de refrigeración

Incrustación, corrosión y crecimiento biológico son los tres problemas de todo circuito de agua industrial. Qué tratamiento pide cada uno y qué se controla en explotación.
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Tratamiento del agua en calderas y circuitos de refrigeración

El agua que circula por una caldera o por una torre de refrigeración no es agua de proceso: no forma parte del producto, no se vierte de forma continua y por eso rara vez recibe la misma atención. Sin embargo, es la que determina el rendimiento del intercambio térmico y la vida útil de los equipos.

Los problemas son siempre los mismos tres, y actúan a la vez.

Incrustación

Al evaporarse agua —en la caldera o en la torre— las sales disueltas se quedan y se concentran. Cuando se supera su solubilidad precipitan sobre las superficies de intercambio, habitualmente como carbonato cálcico.

El efecto es doble: la capa de incrustación actúa como aislante y reduce la transmisión de calor, con lo que hay que aportar más energía para el mismo resultado; y en caldera, además, provoca sobrecalentamiento local del metal bajo la capa, que es un problema de seguridad, no solo de rendimiento.

El control se hace por dos vías complementarias:

  • Reducir la dureza del agua de aportación, mediante descalcificación por intercambio iónico o, cuando la exigencia es mayor, ósmosis inversa o desmineralización.
  • Limitar la concentración mediante la purga, que extrae agua concentrada y la sustituye por agua de aportación.

Corrosión

El oxígeno disuelto es el agente principal. En caldera se retira por vía térmica en el desgasificador y se completa con un secuestrante de oxígeno; el pH se mantiene en el rango alcalino que protege el acero.

En circuitos de refrigeración abiertos, el agua está en contacto permanente con el aire y saturada de oxígeno, así que la protección se basa en inhibidores de corrosión y en el control del pH y de la agresividad del agua.

Un punto que se pasa por alto con frecuencia: el retorno de condensados puede ser una fuente de corrosión si el condensado arrastra dióxido de carbono, que en disolución acidifica el agua y ataca las líneas de retorno. Se trata con neutralizantes volátiles o corrigiendo la alcalinidad del agua de aportación.

La corrosión también genera productos que se depositan sobre las superficies de intercambio, así que los dos problemas se alimentan mutuamente.

Crecimiento biológico

Afecta sobre todo a los circuitos de refrigeración abiertos, que combinan temperatura templada, agua aireada y aporte continuo de materia orgánica y polvo desde el aire.

El biofilm que se forma sobre las superficies reduce el intercambio térmico de forma muy eficaz —una capa fina tiene más efecto aislante que una capa de incrustación del mismo espesor—, favorece la corrosión bajo depósito y compromete la calidad sanitaria del circuito.

En instalaciones de riesgo de legionelosis, el tratamiento y su seguimiento están sujetos a requisitos específicos, con un programa documentado de mantenimiento y control que va más allá de la eficiencia del equipo.

El papel de la purga

La purga es la variable que ajusta todo el equilibrio, y también un coste directo: cada metro cúbico purgado hay que reponerlo con agua tratada, y en caldera se pierde además su energía.

La forma razonable de fijarla es con el número de ciclos de concentración: cuántas veces se concentra el agua del circuito respecto a la de aportación. Un valor bajo desperdicia agua y energía; uno alto provoca incrustación.

El margen depende directamente de la calidad del agua de aportación: mejorar el pretratamiento permite trabajar con más ciclos y purgar menos. Ahí es donde el tratamiento del agua deja de ser un coste de mantenimiento y pasa a ser una medida de ahorro.

El control se automatiza con una medida de conductividad en continuo que acciona la válvula de purga, en lugar de una purga manual de caudal fijo.

Qué se controla en explotación

El seguimiento habitual incluye conductividad, pH, dureza residual del agua tratada, alcalinidad, hierro, concentración de los reactivos dosificados y, en circuitos abiertos, los parámetros microbiológicos exigibles.

La frecuencia se ajusta al tipo de instalación y a lo que exija la normativa aplicable. Lo que da valor a los datos es el registro continuado: es la tendencia, no el valor de un día, la que anticipa un problema.

Conviene además llevar el balance de agua —aportación, purga, pérdidas por evaporación y arrastre—, que permite verificar los ciclos reales y detectar fugas que de otro modo pasan inadvertidas.

Cómo se define el tratamiento

Con la analítica completa del agua de aportación, las condiciones de trabajo del circuito —presión y temperatura en caldera, salto térmico y caudal de evaporación en torre—, los materiales de la instalación y los requisitos aplicables.

De ahí sale la línea de pretratamiento, el programa de dosificación y el régimen de purga. No es un producto de catálogo: dos instalaciones iguales con aguas distintas necesitan tratamientos distintos.

Puede consultar nuestros materiales filtrantes, nuestras soluciones de filtración o escribirnos con la analítica de su agua de aportación.

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