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Israel: qué se puede aprender de su programa de desalación

Un país árido que combinó desalación, reutilización y gestión de la demanda. Qué elementos de ese planteamiento son extrapolables a otros territorios.
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min de lectura
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Desalación con calor residual: adsorción, destilación por membrana y ósmosis directa

Israel es la referencia habitual cuando se habla de desalación a escala nacional. Lo interesante de su caso no es la tecnología —que es la misma que está disponible en cualquier otro sitio— sino el planteamiento: la desalación se incorporó como una pieza dentro de una estrategia hídrica más amplia, no como la solución en sí misma.

El punto de partida

Es un país mayoritariamente árido, con precipitaciones concentradas en unos meses del año y muy variables entre ejercicios. A esa irregularidad se sumaron el crecimiento de la población y la presión sobre unos acuíferos que en la franja costera sufren riesgo de intrusión salina.

Es una combinación reconocible en muchas zonas del arco mediterráneo, incluidas amplias áreas del litoral español.

Los tres frentes

Gestión de la demanda

Antes y en paralelo a la producción de agua nueva, se actuó sobre el consumo: reducción de pérdidas en las redes de distribución, campañas de uso responsable y política tarifaria orientada al ahorro.

Es el frente menos visible y el que mejor relación coste-resultado ofrece. El agua que no se pierde en la red no hay que producirla.

Eficiencia en el regadío

La agricultura es el principal consumidor de agua en un país árido. El desarrollo y la implantación generalizada del riego por goteo redujeron de forma sustancial el consumo por hectárea, y la reutilización de aguas depuradas para uso agrícola liberó recursos de mejor calidad para abastecimiento.

Esa reutilización sistemática del efluente depurado es, probablemente, el elemento más replicable del modelo.

Desalación de agua de mar

El programa de desalación se planificó a principios de los años dos mil y se desplegó por fases, con plantas de ósmosis inversa de gran capacidad en la costa mediterránea —Ashkelon, Palmachim, Hadera y Soreq, entre otras—, integradas en el sistema nacional de abastecimiento.

La clave del planteamiento fue tratar la desalación como una fuente más dentro del sistema, gestionada de forma conjunta con los recursos convencionales, y no como una instalación aislada que resuelve un problema local.

Qué es extrapolable

  • El orden. Primero reducir pérdidas y consumo, después reutilizar, y solo entonces producir agua nueva. Invertir ese orden encarece el resultado.
  • La planificación por fases. Desplegar capacidad de forma escalonada permite ajustar a la demanda real y aprovechar la mejora tecnológica entre fases.
  • La integración en el sistema. Una desaladora aporta garantía de suministro precisamente porque no depende de la pluviometría. Ese valor solo se materializa si se gestiona junto al resto de recursos.
  • La reutilización como pieza central. El efluente depurado es un recurso disponible todo el año y de coste energético inferior al del agua desalada.

Lo que sigue pendiente

El consumo energético y la gestión de la salmuera siguen siendo los dos condicionantes de cualquier programa de desalación. Los sistemas de recuperación de energía y la integración de generación renovable han reducido de forma notable el primero; el segundo se aborda con el diseño del emisario, la dilución y el seguimiento ambiental, y cada vez más con vías de valorización del rechazo.

Ninguno de los dos es un obstáculo insalvable, pero ambos forman parte del proyecto desde el inicio y no de una fase posterior.

A escala de una instalación

El mismo razonamiento vale para una industria o un municipio: revisar primero las pérdidas y el consumo, valorar después la reutilización del efluente propio, y dimensionar la producción de agua nueva sobre la demanda que quede realmente por cubrir.

Puede consultar nuestras soluciones de desalación y de reutilización, o escribirnos.

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