En zonas costeras con agricultura intensiva, la sobreexplotación de acuíferos ha provocado intrusión salina y, con ella, agua de pozo cada vez menos apta para el riego. La desalación aparece ahí como una fuente alternativa: independiente de la pluviometría y de calidad constante.
Pero el agua que sale de un bastidor de ósmosis inversa no es directamente agua de riego. Necesita un acondicionamiento específico, y hay parámetros propios de la agricultura que no aparecen en el tratamiento de agua de consumo.
Qué aporta
- Independencia de la pluviometría. La producción es la misma en un año seco que en uno húmedo, lo que permite planificar campañas sin depender de la asignación del año.
- Salinidad controlada. Frente a un pozo con intrusión salina, cuya conductividad sube campaña tras campaña, el agua desalada tiene una salinidad conocida y estable.
- Alivio del acuífero. Sustituir extracción por agua desalada reduce la presión sobre el acuífero y permite su recuperación, que es un proceso lento pero posible.
Los parámetros que importan en riego
Boro
Es el parámetro crítico y el que más se subestima. El boro del agua de mar atraviesa las membranas de ósmosis inversa con más facilidad que otros iones, especialmente a pH neutro.
Muchos cultivos —cítricos y frutales de hueso entre ellos— son sensibles al boro, y su tolerancia es baja. Alcanzar concentraciones aptas exige una segunda etapa de ósmosis con el pH elevado, o resinas selectivas. Es una etapa adicional que hay que prever en el diseño, no descubrir después.
Relación de adsorción de sodio (SAR)
El agua desalada tiene muy poco calcio y magnesio, y la proporción relativa de sodio queda alta. Un SAR elevado degrada la estructura del suelo: dispersa las arcillas, reduce la infiltración y compacta el terreno.
Se corrige remineralizando con calcio, lo que hace además que el agua deje de ser agresiva para las conducciones.
Ausencia de nutrientes
El agua desalada no aporta calcio, magnesio ni sulfatos, que el agua de pozo sí aportaba. La fertilización tiene que ajustarse a esa nueva situación, y ese ajuste corresponde al agrónomo del cultivo.
Equilibrio calcocarbónico
El permeado sale ligeramente ácido y con muy baja mineralización, lo que lo hace agresivo para conducciones y elementos metálicos de la instalación de riego. La remineralización, habitualmente por lecho de calcita, corrige ese comportamiento.
El coste
Es lo que decide la viabilidad. El agua desalada tiene un coste por metro cúbico muy superior al del agua de pozo, y la agricultura es un uso con poco margen para absorberlo.
Por eso encaja mejor en cultivos de valor añadido alto, en explotaciones con sistemas de riego eficientes —donde cada metro cúbico rinde más— y en situaciones donde la alternativa no es agua barata, sino no tener agua.
Las vías para contener ese coste son las mismas que en cualquier instalación: recuperación de energía, pretratamiento adecuado al agua de captación e integración de generación fotovoltaica, que en agricultura tiene la ventaja de que la demanda de riego se concentra en los meses de mayor radiación.
El planteamiento razonable
La desalación no suele ser la primera actuación. Antes están la eficiencia del riego, la reutilización de efluentes depurados —un recurso disponible todo el año y de coste energético inferior— y la mezcla de aguas de distinta calidad para ajustar la conductividad final al cultivo.
De hecho, la mezcla es la práctica más habitual: combinar agua desalada con agua de pozo en la proporción que da la conductividad objetivo permite aprovechar ambas fuentes y reparte el coste.
Puede consultar nuestras soluciones de desalación y de reutilización, o escribirnos con el análisis de su agua y los requisitos del cultivo.


